Donde una acuarela te lleve.
Era febrero de 2020, durante un descanso de 'half-term'. Con la tormenta Denis azotando los cristales de los vagones tomé un tren en la estación de Paddington, camino de un lugar solitario desconocido para la mayoría de la gente, y por supuesto para mí. Todo lo que sabía de aquel sitio era lo que en realidad podía ver en una acuarela colgada en mi salón. Intentaba descubrir algo más acerca de aquel maravilloso lugar donde la naturaleza probablemente aún conservaba la misma esencia que cuando el artista la representó hacía ya cuatro décadas.
Siempre me ha apasionado el arte, desde que era un estudiante de secundaria. Los viernes por la tarde, después de una dura semana de trabajo, mientras mucha gente socializa en un pub antes de comenzar el fin de semana, yo procuro perderme en los museos que cierran tarde sus puertas, como la Tate Britain o la National Gallery. Durante el confinamiento, lo que más eché de menos fue poder seguir admirando las obras de arte. Siempre me he preguntado por qué no todas las webs de los museos permiten visitas virtuales. Me refiero a una experiencia completa, al estilo de Google Arts and Culture, es decir, pasear por las salas online, pararse delante de un cuadro sin que nadie te moleste, compararlo con otro cuadro de un museo diferente y distante, abrirlo en otra página simultáneamente.
Recuerdo una pequeña capilla en Toledo, España, con frescos de El Greco y en manos privadas, que nunca se permitió visitar. Todo lo que pude ver de esas pinturas fueron algunas fotografías en blanco y negro impresas en un viejo libro de arte. Una colección siempre debería estar abierta para ser contemplada, al menos virtualmente. Incluso las privadas. Una obra de arte fue creada para ser disfrutada, y todo el mundo debería poder tener acceso a ella online con una calidad de exposición aceptable. Para los investigadores de arte sería una gran ventaja, sin duda. Este sentimiento es lo que me animó a mostrar mi pequeña y modesta colección de pintura, y al mismo tiempo explicar la peculiar forma en que se configuró. Aunque varios de los cuadros que decoran mis paredes tienen un cierto valor, la verdad es que ninguno de ellos fue adquirido en una casa de subastas, ni en una exposición de arte, sino de una manera mucho más aleatoria, asequible y curiosa.
Comenzaré esta historia un poco antes, en una brumosa mañana de octubre de 2019, cuando me dirigía al trabajo en una escuela de Portobello Road. Era viernes, y aún faltaba casi una hora para que la escuela abriera sus puertas. Los vendedores de la calle Portobello ya habían comenzado a sacar sus mercancías de las furgonetas y las colocaban en cajas o alrededor de los puestos.
Justo frente a la puerta de la escuela algo llamó mi atención. Era una imagen hermosa, una escena de un río. Aparentemente un viejo y dañado paspartú aún protegía lo que parecía una impresión. Sin embargo, debido al tipo de papel utilizado y a sus colores aún vivos, comencé a pensar que podría tratarse de una acuarela original.
Pagué lo que me pidieron, sin negociar, con el riesgo de adquirir una impresión sin valor. Sin embargo, mi intuición no me falló. Algo más tarde, con la ayuda de una lupa, pude comprobar que efectivamente se trataba de una acuarela original. También me di cuenta de que la obra estaba firmada inequívocamente, por lo que era fácil identificar a su autor. Ese fin de semana incluso pude conseguir el email del autor, y me puse en contacto con él, aunque hablaré de ello más tarde.
Al viernes siguiente fui a la escuela temprano, y visité el mismo puesto. Mi asombro fue enorme cuando descubrí otras dos acuarelas originales del mismo autor y en la misma caja. Obviamente las adquirí. Y así continué los meses siguientes, durante casi un año, sin dejar de visitar el mercado de Portobello cada viernes por la mañana, descubriendo tesoros artísticos que la lluvia podría haber arruinado en muchos casos. Durante los meses siguientes encontré algunas obras de arte en las peores condiciones, tiradas por el suelo y en contacto con el asfalto húmedo. Algunas de las pinturas requirieron trabajos de limpieza. En ocasiones, tuve que eliminar manchas parciales de moho.
También comencé a restaurar los marcos antiguos, y a adquirir otros para las acuarelas sin enmarcar. Reemplacé los viejos y dañados paspartús por otros nuevos libres de ácido, para una mejor conservación.
Entonces llegó la pandemia, en marzo de 2020, y con ella el confinamiento. Tuve la oportunidad de empezar a investigar un poco más sobre las obras de arte que había adquirido. Pero comencemos esta historia con aquella primera acuarela que originó una variada colección de pequeñas obras de arte, algunas de ellas con una asombrosa historia detrás, mientras que otras aún conservan su particular misterio, pero todas ellas dotadas de una interesante calidad artística.


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